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¿Cuándo es el mejor momento para aprender?
Javier Martínez Aldanondo
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl y javier.martinez@knoco.com Twitter: @javitomar
 

 

“El aprendizaje ocurre cuando alguien quiere aprender y no cuando alguien quiere enseñar” (Roger Schank)

La primera vez que mi hijo Iñigo fue a la playa, se llevó varias sorpresas. Había aprendido a nadar en una piscina. Cuando se animó a adentrarse conmigo en el mar y probó el agua, puso cara de asco y me preguntó “¿por qué el agua del mar es salada?”. Fue tan solo la primera de una larga lista de preguntas: “¿por qué hay olas en la orilla? ¿por qué la marea sube y baja? ...”
En 2013 escribí cuál es el mejor lugar para aprender y me quedó pendiente abordar el “cuando”. En esta época del fast food, donde no tenemos tiempo, todo lo queremos de inmediato, también suplicamos por el aprendizaje instantáneo, entretenido y ojalá sin mucho esfuerzo. Pero la rapidez es enemiga del aprendizaje. Como demostró la historia del amigo al que invitas a Mc Donalds, el ciclo del aprendizaje es bastante más complejo: las personas tenemos objetivos, tratamos de obtenerlos, fracasamos en el intento, buscamos entender por qué, corregimos nuestro plan y lo intentamos de nuevo hasta que finalmente lo conseguimos. Eso significa que para aprender hay que pensar; lo que te lleva a pensar es la curiosidad; para ser curioso hay que hacerse preguntas que surgen generalmente cuando las cosas no suceden como esperabas.

1. PENSAR: Esta noticia presentaba al robot japonés capaz de aprobar los exámenes de acceso a la universidad. Su propia creadora insiste en que algo falla en el sistema educativo cuando un robot que no sabe leer ni entiende lo que hace, obtiene mejores resultados que nuestros jóvenes. Aprender es consecuencia de pensar. Pero no nos confundamos, que tengas un título no significa que sepas pensar. Jean Piaget afirmaba “el fin de la educación es crear hombres y mujeres capaces de hacer cosas nuevas, no simplemente repetir lo que otras generaciones han hecho y formar mentes críticas y que no acepten todo lo que se les ofrece”. ¿Qué hacemos cuando no sabemos algo? La primera reacción es buscar lo que otros han pensado, lo que resulta cómodo y eficiente, pero muy poco original y apenas nos exige trabajo. En el colegio no aprendes a pensar por ti mismo sino a reproducir lo que otros pensaron. ¿Qué mérito tiene repetir lo que te dicen? No es creación tuya, muchas veces no lo entiendes, no te importa demasiado, no lo recuerdas por demasiado tiempo y además está accesible en internet desde tu teléfono. Recientemente, mi hijo Pablo me contaba que había sacado muy buena nota en un dictado de inglés. Le pregunté en qué consistió el ejercicio y me dijo que les habían dado una lista de 10 verbos y los tenían que poner en pasado. Cuando le pedí que me tradujese al castellano el significado de varios de esos verbos, resultó que no tenía ni idea (ni le importaba mucho). Somos prisioneros de un modelo educativo diseñado para que los alumnos memoricen sin entender. Pensar no es prioritario.

2. CURIOSIDAD: Einstein decía “no tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso”. La ciencia por fin ha demostrado algo que ya sabíamos: que la curiosidad afecta al cerebro y lo prepara para aprender. ¿Cómo te puedo hacer pensar? Para pensar profundamente necesitas tener algún desafío - problema - inquietud que te importe. Sin embargo, esta sociedad nos deja cada vez menos opciones para pensar, quiere que estemos siempre ocupados con algo. ¿Será casualidad? No lo creo, un consumidor que se cuestiona para qué necesita comprarse su décima camisa se convierte en un peligro. Y cuando no pienso, no existo.
Ya que no puedes recordar como aprendías cuando eras un recién nacido, el mejor momento para comprender cómo ocurre el fenómeno del aprendizaje natural es cuando tienes hijos. La paternidad te confirma que el ser humano nace curioso y decidido a seguir sus intereses (no hay que ordenarle que aprenda a caminar o hablar), capaz de asombrarse y sin miedo a equivocarse. Todos los bebés llegan al mundo con el instinto natural de aprender, pero sin ser conscientes de que aprenden. Solo después les convencemos de que para aprender hay que estudiar asignaturas en un lugar llamado colegio, donde la persona que sabe habla y los demás escuchan, toman apuntes y lo repiten en un examen. Si los adultos no mantienen el estado innato de curiosidad es porque desactivamos esos impulsos con un sistema educativo premeditado para ese fin.
¿Cuándo quieres aprender? Dado que aprender exige esfuerzo, quieres aprender cuando algo te importa mucho. Mi amigo Matias, recién regresado de cursar un postgrado en educación infantil en Noruega, me confesaba: “lo mejor para aprender danés, es enamorarte de una danesa”. Si necesitas que alguien aprenda, primero averigua qué le apasiona. Iñigo mejoró su capacidad de lectura cuando le empezó a obsesionar el futbol y lo primero que hacía cada mañana era buscar el periódico para devorar las páginas de deportes. Para aprender hay que recordar y los recuerdos están muy ligados a nuestras emociones y vivencias. El cerebro necesita emocionarse para aprender. La emoción es lo que nos mueve (siento luego aprendo), pero en la escuela hay muy poca emoción. Las emociones positivas favorecen el aprendizaje de la misma forma que las emociones negativas lo perjudican. Nuestro cerebro inteligentemente trata de evitar todo lo doloroso (excepto los masoquistas) y de repetir todo lo placentero. El cine y las series son especialistas en provocar la sorpresa: esperas un desenlace pero ocurre otro diferente. Saben que a partir de la sorpresa surge la curiosidad e inmediatamente aparecen las ganas de saber. Pero en las aulas, no hay lugar para la sorpresa, todo está planificado, ya sabes lo que te espera. Aunque nada de esto es nuevo, los profesores seguimos convencidos de que los alumnos quieren aprender lo que les queremos enseñar y cuando nosotros les queremos enseñar: “Hoy toca matemáticas de 10 a 11 y química de 11 a 12, te guste o no”. Y la reacción es la misma que si te obligan a comer y no tienes hambre o no te gusta la comida. Estamos equivocados si creemos que podemos obligar a alguien a aprender. La atención no hay que pedirla, hay que ganársela. Lo peor para el cerebro es el aburrimiento. Si no consigues involucrar a una persona, todo lo que va a suceder será simplemente un simulacro.

3. PREGUNTAS: Cuando algo te interesa pero no lo entiendes, brotan las preguntas. Socrates, quizás el más grande educador, sostenía que la filosofía surgió en el momento en que las personas empezaron a hacerse preguntas. No hay que ser muy astuto para darse cuenta de que, en nuestro sistema educativo, premiamos a los niños por sus respuestas (aunque las preguntas sean absurdas) y también les castigamos cuando las respuestas no son las adecuadas. El colegio y la universidad están repletos de respuestas a preguntas que nunca te hiciste y que como no son tuyas, no te importan. Sabes que para obtener el título basta con aprenderte las respuestas, aunque las olvides al poco tiempo. ¿Cómo manejar un grupo de 30 niños donde cada uno pregunta lo que le interesa? ¿Cómo evaluar cuándo una pregunta es buena o es mejor que otra? Controlar respuestas es mucho más sencillo que gestionar preguntas. Las preguntas incomodan a muchos profesores, les pueden dejar en evidencia y generan anarquía. Por eso, es más fácil enseñar “materias” que tienen respuestas correctas. Sin embargo, para aprender hay que hacerse preguntas, tienes que querer saber ¿por qué? En el arte de preguntar, compartí la historia del fundador de Gatorade donde explicaba que fue una pregunta la que dio origen a su empresa, líder en el sector de las bebidas deportivas resistiendo el acoso de Coca Cola y Pepsico. Aprender se centra en preguntas mientras enseñar se basa en respuestas. Nunca debiésemos entregar una respuesta si no hay una pregunta previa. Todos los niños, en su afán de búsqueda y exploración, se preguntan continuamente: ¿qué pasa si…?  Cuando hago clase o imparto conferencias, la única manera que tengo de comprobar si la audiencia está pensando es cuando alguien hace una pregunta, hasta ese momento solo tengo vagas esperanzas… El fin de la educación no debiese ser otro que inducir a hacerse las preguntas adecuadas. Se atribuye a Mario Benedetti la frase “cuando nos aprendimos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas". Y es que a la velocidad a la que cambia nuestra realidad y caduca el conocimiento, la energía tenemos que invertirla en formular preguntas potentes que nos proyecten hacia el futuro. Atrapados por la fiebre de la inteligencia artificial, merece la pena recordar que las máquinas solo son capaces de ofrecer respuestas, pero no formulan preguntas. ¿Cuándo surgen las preguntas y cómo las podemos provocar?

4. ERRORES: Varias veces nos hemos referido al error como el elemento más importante del aprendizaje. El sistema educativo tradicional se basa en enseñarte primero la teoría y si hay suerte y sobra tiempo, entonces algo de práctica. Es decir, te entrega la información sin que tú la hayas pedido (no te has hecho preguntas) y por eso te cuesta encontrarle sentido y la olvidas. Si la mejor manera de aprender es haciendo, entonces hacer implica correr el riesgo de fallar, no hay acción libre de error. Cuando colocamos primero la práctica, hay muchas probabilidades de que te equivoques y las preguntas que surjan te lleven a consultar la teoría y entenderla. La filosofía es “tu inténtalo y cuando tengas problemas, te ayudamos ”. Los científicos reconocen que el progreso es imposible sin errores. El error es fundamental por una simple razón: provoca preguntas. La pregunta surge de manera automática e inevitable cuando te equivocas en algo que te importa. Por definición, un error es una sorpresa para el que lo comete (es un resultado distinto e inesperado) y además es involuntario (no te quieres equivocar). Un error te obliga a reflexionar: ¿qué tenía que haber pasado? ¿qué pasó en realidad? ¿por qué hubo diferencia y los resultados no fueron los previstos? ¿qué salió bien y mal? ¿qué haré distinto la próxima vez?). Sin reflexión, no hay aprendizaje profundo. Cuando algo que te importa no funciona, estás más predispuesto a aprender. Por eso, como hace el Circo del Sol, necesitamos diseñar procesos de aprendizaje para que las personas cometan errores de los que se quieran recuperar (y que ojalá no cometan después en la vida real). Hay que reconocer que el error goza de mala reputación. Si te pido 1 palabra que describa la sensación que te viene a la mente cuando piensas en el error, estas son algunas de las más habituales: vergüenza, frustración, enojo, confusión, incomodidad, fracaso, culpa, tristeza, decepción, impotencia… El error tiene connotaciones culturales negativas. Cuando alguien se equivoca, el primer impulso suele ser buscar responsabilidades (quien es el culpable) y castigarlo (en la empresa equivale a despedirlo como acaba de hacer Apple). En el seno de la familia, los padres inicialmente educamos a los hijos con el error como aliado, pero al poco tiempo y para evitar posibles estropicios, les empezamos a decir que NO, negándoles la posibilidad de que experimenten y vivan las consecuencias de sus decisiones. En la educación, el error es un tabú ya que equivale a sacar malas notas. Y un mal estudiante tiende rápidamente a ser considerado un niño tonto. Aprendemos a tener pánico de equivocarnos y ese miedo al error es el mayor inhibidor del aprendizaje, porque cuando temes las consecuencias de fallar, optas por no intentar nada. La buena noticia es que el miedo es aprendido, es cultural, y se cura practicando. La única decisión inteligente después de un error es: ¿aprendo o no aprendo?
Si queremos que alguien aprenda algo, entonces tenemos que anticipar los errores que las personas cometen cuando llevan a cabo una actividad. Cometer errores nos hace estar más abiertos a escuchar la experiencia de otros y aprender de ella. Por suerte, los errores se pueden provocar y controlar y es perfectamente factible diseñar espacios privados y seguros donde las personas pierdan el miedo de fracasar.

CONCLUSIONES:
“Para aprender no se necesita coerción. Aprendemos como demonios cuando realmente queremos aprender” (Tom Peters)
Recuerdo que estando en el colegio, uno de mis mejores amigos me contó que estaba practicando Aikido cuya lógica consistía no en aplicar la fuerza propia sino en aprovechar la energía de tu oponente para neutralizarlo sin hacerle daño. ¿Cómo no vamos a ser capaces de explotar los intereses de cada persona para que aprendan? Goethe sostenía que “la juventud necesita ser estimulada más que instruida”. Recordemos los 3 elementos a considerar para el aprendizaje:
1. La curiosidad. Si las cosas que nos importan son el disparador que desencadena el proceso de aprendizaje, entonces lo que le debemos exigir a la educación es que te exponga a todo tipo de estímulos y experiencias para que encuentres tu interés y te dé la oportunidad de explorarlo. ¿Alguien de verdad cree que los niños de hoy no quieren aprender? ¿Prefieres aprender lo que otros han decidido o lo que a ti te interesa? Sin libertad no hay creatividad y sin creatividad no hay desarrollo. No es justo pedir a los niños que sean curiosos a menos que lo sean también sus profesores.
2. Confusión. El aprendizaje surge de la confusión y la confusión aparece cuando las cosas no resultan como esperabas, es decir, cuando cometes un error. Un buen profesor es aquel que provoca, confunde, desafía, incomoda, cabrea y te obliga a dar lo mejor de ti mismo.
3. Preguntas: Para aprender hay que practicar la reflexión. El mejor provocador del pensamiento son las preguntas que te formulas para tratar de conseguir aquello que te importa.
Nuestros hijos van al colegio a que les enseñen, no a aprender. ¿Qué pasa si preguntas a 1.000 niños si les gusta ir a la escuela? ¿Por qué no se emocionan con estudiar? No estudian por amor a las asignaturas sino por obligación y por miedo a las consecuencias. Tenemos un problema si los niños no quien aprender lo que les queremos enseñar. En realidad, la educación no está fallando, al contrario, cumple minuciosamente su objetivo: la producción masiva de estudiantes. Si la sociedad de consumo no alienta la curiosidad, menos lo hace su sistema educativo diseñado en base a lógicas económicas (todos estudian lo mismo, durante el mismo tiempo, en el mismo lugar, al mismo ritmo, con la misma edad, hacen el mismo examen, llevan el mismo uniforme…) y no pedagógicas. La educación en un negocio que debe ser rentable, un mercado eficiente donde lo que se compran son títulos y lo que importa no es aprender sino aprobar.
Si el objetivo de educación fuese apasionar a nuestros jóvenes con el aprendizaje, entonces deberíamos ponérselo fácil para que puedan acceder a experiencias que les entusiasmen. Aprender tiene que ser irresistible y emocionante a la vez. La motivación lleva a la atención lo que abre el camino al aprendizaje. ¿Quién decide el momento adecuado para aprender? ¿se puede hacer que quieran aprender? Por supuesto, pero tenemos que sacar partido de sus preferencias y gustos. Podemos aprender en todas partes, de todo el mundo y todo el tiempo. Todo se puede aprender y afortunadamente, no hay edad para aprender.


 
 
 

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